Artículos y Notas

El mundo sonoro de Herminio Giménez

Publicado por: Luis Szarán el 04/09/2007

El mundo sonoro de Herminio Giménez

Herminio Giménez es autor de un centenar de composiciones musicales, entre las que se destacan inspiradas guaranias, polcas y canciones, a las que se suman piezas orquestales de carácter sinfónico-popular y música netamente sinfónica. A partir de las primeras décadas del Siglo XX, aparecen  sus primeras piezas, profundamente unidas al sentimiento popular y campesino: Jasy Moroty, Corasö Rasy, Canción del Bohemio y Poncho Hovy, compuestas todavía en el marco de las antiguas polcas, que como estructura contaban con una introducción y una sola parte, entre 1916 y 1920, cuando el compositor contaba apenas entre 11 y 15 años de edad, se inicia una larga y continua labor creativa que se prolongará hasta su muerte en 1991. De estos años, los más fructíferos -de la llamada “época de oro”- fueron las décadas del 20 al 50,  es decir unos cuarenta años en los que aparecen verdaderas joyas musicales, hoy día constituidas en los referentes más importantes del cancionero paraguayo; por citar las más conocidas: Che Novia Kue Mí, Tupasy Caacupe, Che Trompo Arasa, Cerro Corá, Fortín Toledo, Cerro Porteño, Entre Do Roimé, Jeroky Popo, Añoro Mi Pueblo y otras polcas.
Apenas surgida la guarania como nueva forma de expresión musical del Paraguay, Giménez se adhiere fervientemente a la visión musical de José Asunción Flores con Lejanía, Mi oración azul, Canción de Esperanza, Canción del Arpa dormida y muchas más.

Con el correr de los años –décadas del 70 y 80- y como ha sucedido con la mayoría de los compositores vivientes, se produce una leve decadencia en cuanto a la capacidad de crear melodías inmortales, comos las mencionadas. Esta crisis, que no solo afecta a la música paraguaya sino a las de una buena parte del continente americano, se ve compensada por Herminio Giménez con nuevos recursos temáticos, principalmente basados en textos de mayor calidad literaria y compromiso social con las causas populares y la lucha contra la tiranía, que dominaba la región. En este grupo hallamos títulos como: Pabla Heroica, Por Caprichos del Tirano, Balada por la Paz, Campesina Paraguaya, Mi Valiente Compañera, Sapucai de las Malvinas, Los Desterrados, Romanza para Humberto y la colosal Cantata para la Paloma de la Paz de Picasso.

La gran vena creativa de Herminio Giménez no se detiene en las formas populares de la canción paraguaya sino que abarca un número importante de géneros que pasan por 8 valses, 7 tangos, 3 chamames, 3 canciones de cuna, 3 zambas, sumadas a bailecitos, marchas y otros ritmos populares. Intensa actividad cumplió también en el campo de la música para cine con importantes partituras para filmes argentinos que van desde 1953 hasta 1973, con títulos premiados, tanto como películas así como por la música como: Codicia, Sangre y Semilla, Jangadero, Las Aguas Bajan Turbias, De Quienes son las Mujeres, Punta Ballena y otras. Capítulo especial merece la música del film “El Viejo Tala” que contiene un Ballet con coreografía de Maria Ruanova y la participación del primer bailarín del Teatro Colón de Buenos Aires, José Neglia; la obra recibió el premio a la mejor música para película del año 1961 por la Academia Cinematográfica Argentina.

 
La voz del pueblo en las salas de concierto
La incursión de Herminio Giménez en el campo de la música culta -terminología que el compositor no aceptaba- se produce de igual manera que en la mayoría de los compositores paraguayos de su generación. Salvo contados casos como los de Remberto Giménez, Juan Carlos Moreno González, Juan Max Boettner y Carlos Lara Bareiro que desde niños se iniciaron en el estudio de la música clásica, la mayoría de los músicos de esa generación partió de la música popular de inspiración folklórica. Tal el caso de José Asunción Flores, Herminio Giménez, Francisco Alvarenga, Emilio Bigi,  Florentín Giménez y otros, quienes en la mayor parte de su carrera musical fueron integrantes o directores de orquestas típicas de baile y entretenimiento. La presencia de éstos, emigrados por razones de necesidad económica o intolerancia política como el caso de Flores, a los centros urbanos del Río de la Plata como Buenos Aires o San Pablo, les posibilitó un tardío, pero oportuno, acceso al mundo de la música clásica, oportunidades que en aquellos años en el Paraguay eran escasas. Así dotados de los conocimientos técnicos básicos para la creación de obras sinfónicas, estos autores generan el conjunto de obras más importantes que existe en el repertorio orquestal paraguayo. Difícilmente se hallará en este grupo música absoluta, sino más bien composiciones en base a historias, leyendas, argumentos o temas específicos, sobre los cuales se basaron las creaciones musicales.  

De igual manera, la creación sinfónica de esta generación de compositores revela, con honrosas excepciones, la recurrencia a corrientes musicales anticuadas en su estilo, para la época. Mientras sus contemporáneos de Latinoamérica como Ginastera, Villalobos, Chávez, Revueltas, Guarnieri y otros incursionaban en las corrientes contemporáneas del pólitonalismo, dodecafonismo, serialismo integral y otras técnicas modernas de composición, nuestros creadores continuaron, bien entrada la década del 70, atados a las influencias musicales de la escuela nacionalista del siglo XIX bajo la sombra de Albeniz, Dvorak, Smetana, Grieg, Rimsky Korsakov y otros. Este aspecto se puede observar de igual manera en el manejo de la forma, por la profusión de poemas sinfónicos, cuyo esplendor justamente se produjo en la segunda mitad del 800.


Un romántico en pleno Siglo XX

En el caso de las obras orquestales de Herminio Giménez, de manera excepcional, resaltan la claridad temática y la vena melódica de corte tradicional – con fuertes influencias de Tschaikowsky – así como la variedad de propuestas. En el conjunto de ocho piezas sinfónicas fundamentales escritas por Herminio Giménez, hallamos un concierto para violín, una obertura sinfónica, una suite orquestal y varias obras de ballet.

De original concepción es el concierto para violín y orquesta “El Rabelero” compuesto en San Pablo en 1943 y estrenado en Buenos Aires en el Teatro Nacional el 13 de agosto de 1950, en el que, respetando la forma estructural del concierto de tres movimientos y forma sonata romanza y rondó, a la manera de los clásicos, Herminio Giménez con ingenio desarrolla la historia de un rabelero (músico de las campiñas paraguayas que ejecuta el violín de oído y de una manera rústica) que va desfilando a lo largo de los tres movimientos en los que observamos al cándido intérprete ejecutar sus compuestos y melodías folklóricas, accediendo luego a un conservatorio, donde descubre el mundo de la técnica del violín y de la teoría musical , pretexto que el vale a Herminio Giménez para introducir variaciones de notable virtuosismo en la pieza. El final del concierto alcanza el máximo punto de originalidad en el momento en el que el violinista llega a la capital y finalizado sus estudios tiene la posibilidad de demostrar sus habilidades, logrando una fusión maravillosa entre la música clásica y las antiguas fuentes de inspiración de su propio folklore, sin olvidar sus raíces e identidad.

Otra composición en la que Herminio Giménez alcanza alturas poco frecuentadas por sus contemporáneos paraguayos es la Suite “El Pájaro”, inspirada en el pájaro campana dedicada al arpista Félix Pérez Cardozo, quien logró imponer a nivel mundial el conocido tema Guyra Campana. En un recorrido por cuatro movimientos: despertar, campo del ave, alas rotas y vuelo inmortal, la composición, sobre la base del motivo del canto del pájaro campana nos lleva de la mano por el nacimiento, la libertad, la muerte y la proyección al infinito. Esta composición data de 1954.
 
Impactado por las sonoridades de la obertura sinfónica de 1812 de Tschaikowsky, Herminio Giménez, con el objetivo de rendir un homenaje al heroísmo del hombre paraguayo en la contienda del Chaco, como ya lo hiciera en su canción épica Cerro Corá, compone la obertura Sinfónica “La Epopeya”, cuyo estreno hemos tenido el honor de dirigir en Asunción en 1992. En la misma Giménez acude a citas del Himno Nacional Paraguayo de la canción Cerro Corá y otros motivos obteniendo resultados de gran emotividad. Sonoridades de gran modernidad, en el manejo de los metales, la incorporación de sirenas y efectos variados en la percusión otorgan a la pieza momentos culminantes que la llevan hacia horizontes de comunión musical-espiritual transmitiendo con profundidad y fuerza exterior los más altos valores de la dignidad humana y el heroísmo patrio.