Artículos y Notas

Nacionalismo y universalidad en la obra de José Asunción Flores

Publicado por: Luis Szarán el 04/09/2007

Nacionalismo y universalidad en la obra de José Asunción Flores

La creación musical en el Paraguay, nada tiene en común con otras naciones, ni por sus antecedentes ni por su carácter. Nació súbitamente, en pleno siglo xx, luego de un proceso, cuyas huellas puede hurgar la historia, pero cuyos frutos aparecieron de pronto, cómo si no tuviera antecedentes. Al primer siglo, a partir de la Independencia, observamos un todo homogéneo, sin cumbres que pudieran registrar algún fenómeno en particular.  
Pasadas las dos primeras décadas, del siglo xx, se produce una eclosión magistral que se inicia con Agustín Barrios (Mangoré), creador e intérprete quien parece surgir de la nada, José Asunción Flores, formado en el ámbito de la Banda de la Policía y otros,  igualmente notables, todos juntos, al unísono y al mismo tiempo: Mauricio Cardozo Ocampo, Darío Gómez Serrato, Félix Fernández, Emilio Bigi, Carlos Lara Barreiro, Herminio Giménez y tantos más. Para el observador objetivo, el caso es raro y desconcierta a primera vista; produciendo asombro la velocidad del crecimiento y sobre todo, por las cualidades excelentes y distintivas, que son comunes a las obras de ésta generación.
La conciencia, más o menos clara de un sentimiento nacional, arranca justamente con Barrios, quien dedica a esta tendencia un reducido porcentaje de su producción, orientado fundamentalmente a su instrumento: la guitarra.  Se define y fortalece con Flores, cuyo liderazgo a su vez, logra despertar la conciencia y la sensibilidad de sus contemporáneos. A partir de entonces y hasta bien entrada la década de 1970, no se conocerá otra forma de expresión musical.
La generación que precedió, a este grupo.  no ha producido una sola obra de primer orden, en la cual se encuentren los caracteres de la nacionalidad. Los pocos músicos, con cierta formación académica, consideraban este hecho como una disminución de sus facultades creadoras y ambicionaron encontrar más allá de las maneras de expresión autóctonas, una música suprema y universal; pero con ello no lograron dar ninguna prueba de originalidad, ni aportaron tampoco nada que fuera esencialmente atractivo, más que el conjunto que consideramos una especie de “depósito de frases hechas”.
 
Pasadas estas ocho décadas del proceso, un espíritu imparcial no podrá, sino aprobar que esta tendencia de afirmación de un lenguaje nacional en música, surge a partir de José Asunción Flores. Desde el humilde espacio, bajo una planta de mango, en la Banda de la Policía, hasta en los círculos artísticos más encumbrados de Moscú, inculcó a sus contemporáneos el gusto por las formas artísticas, y les indicó el camino a través de la comprensión de las expresiones populares. Del purahey jaheo a las danzas indígenas, de la serenata, a los juegos de azar de las fiestas patronales, de la mariposa de alas brillantes a las inhumanas condiciones de vida en los yerbales. “Todo elemento extraído de las expresiones populares, y la vida misma, tiene un principio de universalidad”, expresaba con frecuencia.
Su mayor papel, fue la exclusión de la música, de todo elemento cerebral y esclavo de formalismos, como la elocuencia puramente oratoria. No hay duda de que suplanta esta concepción tradicional del arte por una nueva, revolucionaria, gracias al ejemplo proporcionado por el arte instintivo del pueblo y por la persistencia de una sensibilidad que a su vez adultera los pensamientos académicos, con formas de su propia cosecha. 
José Asunción Flores, a los elementos populares que incorporó a su lenguaje popular, hizo objeto de una profunda elaboración; no los transformó para adaptarlos a los sistemas del arte tradicional, como una especie de tarjeta postal, como sucedía con otros compositores de América, sino que supo extraerles las fuerzas vitales que aquellos elementos poseían, en la medida, en que estas fuerzas pudieran servirle para manifestar su propia visión de la realidad. La libertad de aquellos elementos fue para él un ejemplo de nuevas libertades. Entonces su música no vive como una simple expansión de sonoridades, sino que casi siempre se atiene a especificar alguna cosa, desde el lejano canto de un gallo, al amanecer, hasta la gracia de un hoyuelo en el rostro de una mujer. Esta alta capacidad de concentración temática es lo que a todos, cuando escuchamos su música, nos produce esa sensación de algo único, ligado a las profundidades del ser, y que induce el efecto mental, casi hipnótico, de que al concluir la audición nos quedamos varias horas con la melodía sonando en nuestra cabeza y seguimos por horas acompañados de ella en nuestro interior.
  Su paso por la vida, no fue fácil, fue un suceder de injusticias; naturales y fabricadas por el hombre. El ambiente de su dolorosa venida al mundo, su años juveniles marcados por penurias económicas, su trágico exilio en la Argentina, las persecuciones políticas y artísticas, y el castigo físico en su agónico final. Sin embargo, en su obra, no encontramos una sola queja, un solo trazo de amargura, que no fuera la rebeldía contra la intolerancia y la opresión, y en eso luchó con todas las fuerzas de su espíritu. Su obra es un gigantesco canto de amor a su entorno, es un abrazo de bondad a los seres humanos, es en síntesis, la más sublime expresión de su tierra, el Paraguay.
Al increíble desprecio que hemos demostrado, en el Paraguay, a lo largo de estos siglos, en  lo referente a la preservación de nuestra memoria cultural (recordemos que hasta la partitura original de nuestro Himno Nacional ha desaparecido y no sabemos quien es su autor), un grupo de amigos de Flores, se predispone, con gran sacrificio personal y enfrentando a veces, las mismas barreras, aunque en tiempo y volumen diversos, a  reivindicar su obra, y más que nada a movilizar a las fuerzas vivas del país para acompañar esta necesaria reparación.
La música de Flores es un bálsamo contra la desesperanza, su destino principal: los jóvenes de su patria, quienes tienen ante sí, la imagen de un hombre íntegro, que ha luchado y mantenido fiel a sus ideales; un hombre rebosante de valores; un genio creador, como pocos en la región.