Artículos y Notas

Mandato Saleriano

Publicado por: Luis Szarán el 27/09/2007

Mandato Saleriano

La leyenda, más que la historia, dejó a generaciones de músicos en el mundo entero apreciadas reflexiones en torno a la vida del músico Antonio Salieri (1750-1825). De su originaria Legnano en Verona, Italia pasó a estudiar a Venecia para establecerse definitivamente en Viena donde por décadas fue "il capo di tutti capi" de la música. Activo, generoso con sus alumnos -entre estos nada menos que Beethoven, Schubert, Meyerber y Liszt – como pedagogo fue el creador y primer director del Conservatorio de Música de Viena. Salieri era el hombre más admirado de la ciudad, y con cierto capricho o extravagancia, se sentía orgulloso de hablar pésimamente el alemán, a pesar de haber vivido más de cuarenta años en Austria porque el idioma italiano estaba reservado a los exquisitos de la corte. Todo le era permitido en aquella sociedad esplendorosa; gozaba de un rango ministerial y el estreno de sus óperas constituía el mayor acontecimiento artístico de la ciudad, con invariable asistencia del Emperador y los miembros de la corte. En tal sentido fue un organizador infatigable: compuso música orquestal, sacra y unas cuarenta óperas, una más monumental que la otra con grandes decorados, multitudinarios coros, libretos cada vez más complejos y música festiva, triunfalista, al gusto de la época. Codo a codo con el centro del poder  accedió a estratégicos contactos que le brindó la  posibilidad de anular al instante cualquier discrepancia, crítica o competencia que se presentara en el horizonte.

Corría el año 1782  cuando ingresa a la escena musical vienesa Wofgang Amadeus Mozart (1756-1792), con 22 años de edad.  Harto de haber representado de niño el papel de monito amaestrado que tocaba el violín e improvisaba al piano con perfección inaudita, decidió independizarse, contrajo matrimonio y se lanzó al más difícil de los medios artísticos, la fulgurante Viena. Ya nadie recordaba a aquel niño virtuoso que había conquistado Europa, de la mano de su padre Leopoldo, por lo que esta vez solo, con su espíritu alegre, sincero y de amor profundo a la música, comenzó a abrirse camino a velocidad meteórica, componiendo primero piezas menores para sobrevivir y alegrar reuniones; obras por encargo para bodas, aniversarios, serenatas, con la misma sobriedad que otorgaba a sus óperas, conciertos y sinfonías. Pasaba divertidas sesiones en la taberna, actuaba en la iglesia, el teatro y hasta en la logia masónica a la que ingresó como miembro calificado.

IMPUREZA DE LA MUSICA DE MOZART

En esa pequeña aldea -la Viena de entonces, similar a la Asunción de hoy- se sabía todo y su rápido ascenso comenzó a inquietar al celebrado maestro de la corte Don  Antonio Salieri. Usualmente  bastaría una opinión desfavorable sobre cualquier defecto del ingenuo competidor, ya sea sobre su corte de pelo, sus modales de porte campesino o el aliento frecuente a vino, para que fuera radiado de los altos círculos de la música. Sin embargo ni  siquiera sus severas reflexiones acerca de la  supuesta "impureza" de la música mozartiana,  lograron el efecto esperado, llevando al venerable maestro elevar el volumen de ataques, ante tan indeseable y talentoso colega. Panfletos graciosos de grotesca redacción, mitad italiano, mitad alemán, se distribuían de mano en mano entre sus pocos partidarios, quienes a su vez saciaban sus propias frustraciones leyendo los chismes del más bajo nivel. Pero el gusto amargo en la boca y la garganta seca, signos poderosos de la envidia, se intensificaban a medida que el joven músico avanzaba con su éxitos, ignorando lo que sucedía a su alrededor. Una sinfonía acá, unos cuartetos para el Emperador, tres sonatas para las amantes juveniles, dos motetes para el Arzobispo, cuatro marchas para los masones y un par de minuetos para acompañar la farra con los amigos en la cervecería, todas piezas de absoluta perfección. En tres décadas de creación surgieron de su mente y su puño más de seiscientas obras maestras, que según los expertos, requeriría de cualquier genio actual, una existencia de por lo menos cien años para poder alcanzar ese nivel de calidad y celeridad. Es que Mozart no tenía tiempo para lo perverso, solo sabía construir.


SOCIEDAD SECRETA DE ARTISTAS FRACAZADOS

La tremenda afrenta  a un estado de cosas que antes era perfecto: la fama, el poder, el coqueteo y las genuflexiones, obligó con el tiempo al ya anciano músico perturbado, a elevar los decibeles de sus ataques. Nada importaba, la cuestión era destruirlo por el medio que fuere. Con el correr de los años, de manera irracional, comenzó a sospechar de cuantos lo rodeaban, manipulaba los presupuestos del Conservatorio, con afán de incrementar sus bienes personales, llegando a quedarse hasta con parte del sagrado salario de los profesores. Poco a poco se alejaron sus amigos, su compañía se desmanteló, sus fieles sospecharon de que ese aborrecimiento descomunal  lo llevaría a la enajenación y hasta el único goce terrenal  -su deporte favorito, la pesca en el río Danubio- se convertía cada fin de semana en un motivo más de frustración personal, por la falta de pique.
Encerrado entre sus partituras, que nadie quería escuchar, por su estilo ya decadente para el momento, alimentaba día a día su rencor, enterándose con rabia de los triunfos colosales del  joven quien poseía a cada instante y en todos los órdenes, la belleza de la vida con todo su esplendor, mientras él,  con amargura solo la podía contemplar, flagelándose en silencio al recordar  las glorias pasadas y escupiendo rencor. El odio era total y en lo más profundo de su desesperación  llegó a aliarse con sus antiguos enemigos, aquellos quienes antes lo habían combatido por considerarlo jefe de la mafia musical de la ciudad, para sumar adeptos y espíritu de destrucción. Así la Viena musical ve nacer una nueva logia secreta, la sociedad de los artistas resentidos y fracasados, bautizada por los propios músicos vieneses como: Die nachtragend. La cuestión fundamental  era disparar todos contra el muchacho y a cualquier otro talentoso que se le asemeje. En el colmo de los celos, llegó a destrozar con un hacha el retrato del Emperador al enterarse de que éste había condecorado a Mozart.

Los años pasaron, Mozart continuó con su ondulante existencia, de los más altos elogios  a la mayor indiferencia, propios de una sociedad en crisis que sentía el avance de los nuevos ideales de libertad que llegaban cada vez con mayor vigor desde Francia. Con notable aceptación comenzó a escribir óperas en alemán desplazando la moda del  italiano, lo cual era intolerable, para Salieri, quien solo se ocupaba de bosquejar, día y noche sin dormir los ataques más certeros. “Masón, degenerador del estilo clásico, inmaduro, desorganizado, ególatra, beodo, mujeriego, mercader del arte, cornudo y despilfarrador”. Lo único que no podía decir, que su música era mala, porque a ello nadie daba crédito.

LA MUSICA ABSOLUTA

En 1821, Salieri fue internado en un manicomio donde vivió los últimos años de su vida. Los momentos de lucidez eran seguidos en su encierro, por delirantes representaciones líricas en las que imitaba todas las voces de los cantantes, gritando entre bambalinas para corregir defectos e ingresando incluso a la escena, en plena representación onírica, para acomodar a los artistas o reclamar al director que no desviara la mirada de los solistas. Allí estaba feliz, lejos de la sombra maldita del muchacho, dando forma a sus fantasiosos triunfos, con interminables aplausos y ovaciones que se prolongaban hasta el amanecer. Una tarde en el instante de mayor raciocinio tomó conciencia de donde estaba, recordó todo el pasado, su maldad sin límites, su tremenda caída hacia el abismo, sus pasos desesperadamente perdidos; Mozart ya no estaba, ni siquiera para ser odiado, había muerto en la pobreza y abandono hacía diez años. En medio de esa terrible soledad, lleno de fantasmas, bestias abominables, enajenados mentales y penumbra aterradora tomó la decisión más terrible de su vida. Se dirigió lentamente hacia el ropero, abrió una caja y extrajo de su interior la partitura de la Flauta Mágica que la leyó esta vez sin preconceptos, envidia, ni rencor.  A medida que avanzaban los compases, fue elevándose espiritualmente a la cúspide de la perfección humana y por primera vez sintió el gozo absoluto del que se había negado durante toda la vida.

Pocos días después nadie supo explicarse como había fallecido con un rostro sereno y una sonrisa de ángel. "Murió como un santo" anotó el sacerdote. 

Muchos artistas piensan que el espíritu del viejo músico salió de su cuerpo a vagar por el mundo buscando desesperadamente encarnarse en otros artistas para pedir perdón eternamente a los jóvenes colegas, en nombre del recuerdo de Mozart. Para comprenderlos, brindarles todo su cariño, conocimientos, apoyo para enfrentar los grandes desafíos de esa dura y a veces ingrata profesión. Para protegerlos y guiarlos, devolviendo en favores  por aquella execrable conducta y angustiada existencia.