Artículos y Notas

Carlos Lara Bareiro: La batuta prohibida o el fundamento de la dignidad

Publicado por: Luis Szarán el 25/09/2007

Carlos Lara Bareiro: La batuta prohibida o el fundamento de la dignidad

Profesión: músico; color: trigueño; estatura: 1.70 m; edad: 46 años; cabello: castaño cano; ojos: pardo; nariz: recta; barba: afeitada; cara: ovalada; etc. De esta manera registraba, en una de sus miles de fichas la brigada externa del DIPA (Departamento de Investigaciones para las actividades antidemocráticas) el organismo represor de la Policía Federal Argentina al finalizar un procedimiento efectuado en el Gran Buenos Aires. El 22 de mayo de 1962 fueron detenidos Carlos Garcete, Ramón Maciel, Carlos Lara Bareiro, Severo Rodas y otros destacados intelectuales y artistas paraguayos, siéndoles incautados material de propaganda comunista y papeles relacionados con el movimiento de resistencia paraguayo.

Apenas habían trascurrido cinco años que la Policía de Alfredo Stroessner expulsaba del Paraguay a uno de sus más ilustres ciudadanos: Carlos Lara Bareiro: violinista, compositor y director de orquesta sinfónica, acusado de liderar un movimiento por la paz mundial.

De la misma forma, en la capital argentina, continuaba esa vida marcada a fuego que junto a centenares de compatriotas soportaba los rigores más crueles de la intolerancia y la opresión, los patéticos senderos de confinamientos, persecución y apresamientos soportados con valor y resignación. Este hombre, que amó como pocos a su tierra, en silencio y ha visto y sufrido las más crueles injusticias de una patria nacida con el símbolo de la sangre a la que siguieron castigando por siglos los tiranos de turno; este fino artista nos ha dejó unas de las lecciones más profundas en su obra y accionar: la dignidad.

Este aspecto, resaltado por todos aquellos que lo conocieron junto a sus elevados conocimientos musicales, nos motivó en 1980 a una peregrinación, junto con el eminente pianista Pierre Jancovic, hasta Villa Udaondo en Castelar, partido de Morón, cerca de Buenos Aires donde en su pequeña vivienda Carlos Lara Bareiro lloraba, amaba y soñaba por su patria, un sitio donde se respiraba el mismo aire puro de la dulce Capiatá. Nos impresionó la claridad de sus pensamientos acerca de lo que necesitaba el Paraguay en materia de música - es muy frecuente escuchar entre los músicos paraguayos proyectos delirantes y obsesivos devaneos- en tanto que el maestro Lara nos alentaba a luchar con racionalidad para crear instituciones, dejar huellas, formar a nuevos valores, como si se remontara a los maravillosos años de realizaciones artísticas con la Orquesta Sinfónica de la Asociación de Músicos del Paraguay, ignorando en ese instante su desgraciada condición de exiliado por décadas.

Perseguido políticamente y combatido por sus colegas mediocres; sin embargo jamás hemos oído una sola palabra de rencor. Se podrá comprobar, en sus propios escritos, nombres y apellidos de sus verdugos, aportando la documentación pertinente a cada caso, con el mismo rigor que aplicaba al estudio de las partituras para dirigir sus ensayos y conciertos frente a la orquesta.

En el ámbito musical nacional, es difícil entender en la distancia, el significado de las luchas intensas de la generación de músicos posterior a la guerra del Chaco (1932 - 1935). La extrema carencia de instituciones culturales sólidas, la escasa formación intelectual de los músicos, la desgraciada visión de lo inmediato, fruto de un sistema educativo miserable, fomentaba la creación de grupos humanos en confrontación permanente, aunque por lo general y en forma separada los bandos coincidían en cuanto la nobleza de los ideales y bondad de sus intenciones. Folkloristas versus académicos, oficialistas contra independientes, los cultos frente a los populares o viceversa. Esos años del 38 a la década del 50, dieron a luz numerosos proyectos artísticos de corto alcance, así mismo vieron morir instituciones y emprendimientos a la velocidad de un amanecer. En ese contexto Lara Bareiro no se dejó seducir por los aplausos de sus primeros logros, como violinista flamante egresado del Ateneo Paraguayo. Aun en edad no común para iniciar altos estudios, se embarca en un proyecto que apunta a consolidar los más elevados propósitos de desarrollo musical para el país. Comenzó su paciente y sólida formación académica en el exterior, gracias a una beca del gobierno del Brasil y luego al apoyo familiar, llegando a convertirse en uno de los músicos de mayor capacitación académica de su generación, junto a Remberto Giménez y Juan Carlos Moreno González.
Regresó al Paraguay y sorprendió a los abúlicos asuncenos, caracterizados por su indiferencia a las altas expresiones del arte y por entonces deprimidos por la recién finalizada revolución del 47 con ideas -extremadamente peligrosas y revolucionarias- como la de dotar al Paraguay de una gran orquesta sinfónica para interpretar a Mozart, Beethoven, Brahms, Wagner, Tchaikowsky y los grandes autores nacionales. Este proyecto orquestado junto a los heroicos miembros de la Asociación de Músicos del Paraguay apuntaba a la creación de un conjunto sinfónico estable. Al efecto es bueno recordar que Paraguay era el único país de América que no contaba con una orquesta sinfónica oficial. Lara logró involucrar, en pocos pero intensos años, a comienzos de la década del 50, a todas las fuerzas vivas de Asunción y a la vez, en contrapartida, despertar sospechas en las oficinas de la alta inteligencia policial -sobre el inminente peligro que significaría un país culto, que se nutriera de los más altos valores del pensamiento y la creación universal, y que junto a otras ramas del arte, contribuyera a despertar en los habitantes el sentido crítico y la capacidad de manifestar sus pensamientos-.

La visión global de este proceso y los detalles de esta maravillosa aunque breve aventura se leen con apasionamiento en sus memorias, publicadas en 1996 por Ñanduti Vive y Editorial Don Bosco, bajo la responsabilidad del autor de estas líneas y la supervisión de Gloria Rubín. El autor incorpora a cada paso, con fino sentido de humor, anécdotas y graciosas descripciones acerca del subterráneo y delirante mundo de los músicos.
Pero Lara Bareiro no solo fue el más brillante de los directores de orquesta de su tiempo, fue además un extraordinario compositor, autor de obras sinfónicas, de cámara y canciones. Su estilo, influenciado por la tardía corriente nacionalista, no cae en el folklorismo de tarjeta postal, el patriotismo barato, ni confunde los nobles fines de una sinfónica con una gran orquesta típica de música bailable, como ha sucedido con frecuencia. Bajo el influjo de Grieg, Debussy, Villalobos y otros nos habla a través de su música con un lenguaje accesible, directo, y de notable elaboración, siguiendo la línea profunda del tejido sonoro y no la búsqueda de aparatosos efectos sonoros para el aplauso fácil. Se suman a estos elementos un gran desarrollo en el campo armónico y del contrapunto en medio de una orquestación rica por su variación y acabado conocimiento de los instrumentos orquestales.

Desafortunadamente, los paraguayos desconocen estas partituras, ya que su autor fue nombre prohibido durante los años de Stroessner, y quienes a su cargo tenían la hegemonía de las instituciones musicales no deseaban correr el riesgo de ejecutar sus obras -salvo excepciones como el citado Pierre Jancovic, Aura Mendoza y Victoria Alfaro- optando, aquellos sometidos al régimen, por la obsecuente actitud de cantar loas al tirano, con extravagantes y grotescos acordes, que hoy, por fortuna, solo suenan en las alcobas de los nostálgicos. Lara no tuvo la suerte de José Asunción Flores o Herminio Giménez, quienes registraron en el disco gran parte de su producción. Las veces que este venerable maestro tuvo la oportunidad de dirigir un concierto o grabar un disco, con la humildad reservada a los grandes, preferiría dirigir y grabar las obras de sus compatriotas, dejando de ello importantes registros sonoros de creadores como Luis Cañete, Severo Rodas, Francisco Alvarenga y Julio Escobeiro. Este es otro aspecto que nos revela con mayor fuerza la grandeza de su personalidad.
Dignidad y compasión, una vida cristalina, honesta y fiel a sus principios de gran patriota, solidario con los pobres, rebelde a la tiranía y sobre todo: hombre libre.