Artículos y Notas

Para que tractores sin violines?

Publicado por: Luis Szarán el 04/09/2007

Para que tractores sin violines?

A través de una encuesta karapé* -sin fundamentos científicos, pero hecha con seriedad- realizada entre amigos, conocidos y extraños de diferentes estratos sociales en América y Europa, pude comprobar las variables de interpretación del concepto “desarrollo sostenible” terminología para muchos de vieja usanza pero para la gran mayoría, absolutamente desconocida. Mi percepción personal es que la comprensión de esta expresión en su real dimensión se limita a un porcentaje reducido de individuos, por lo general ligados a organizaciones no gubernamentales, artistas, ambientalistas e intelectuales aislados  y que el ciudadano común, el que está en condiciones de pensar, cree que el desarrollo sostenible es algo solamente relacionado a cuestiones medioambientales, del uso inteligente de la tierra y de nuestros desperdicios.

   Todas las madrugadas, Jorge Guzmán, un joven de una compañía de la pequeña localidad de Mbuyapey (a 187 kilómetros de Asunción, de los cuales 45 de tierra) se levanta para ordeñar las vacas del establecimiento que es atendido por su padre. A partir de las cinco de la mañana debe preparar el desayuno y el almuerzo del día, ensilla su caballo, a un lado ubica el tarro de leche y en el otro su violoncello. Casa por casa va entregando la leche, hasta que al finalizar llega a la Escuela de Música del pueblo, cuyo edificio es más grande que la propia Municipalidad local; Jorge se toma un baño, viste el uniforme de la escuela y comienza a estudiar las suites para cello de Bach. Más tarde le tocará participar del ensayo de la orquesta y de giras de conciertos por otros pueblos. Increíblemente Mbuyapey apenas cuenta con dos líneas de teléfono a magneto pero sin embargo allí existen tres orquestas de cámara. Parecería la historia romántica de un pueblo idealizado, como “la tierra sin mal” que soñaron los jesuitas, pero una serie de hechos que giran alrededor de este personaje, desde estar aseado para las clases, su participación disciplinada como parte de un grupo orquestal y la posibilidad de ser miembro de un grupo sujeto a normas de conducta, convivencia y actividad programada, han contribuido a mejorar los otros aspectos de su vida y transmitirlos a su entorno familiar, desde una mayor responsabilidad en la manipulación de la leche, de su relación con los clientes, y sobre todo a una comprensión sobre su posición en el esquema familiar y su incursión como miembro activo de su comunidad.

 Considero, que los esfuerzos realizados hasta ahora para apuntar al desarrollo sostenible, que son extraordinarios y de resultados admirables, deberían ir acompañados, de un programa promocional de sensibilización a todos los niveles, pero incluyendo de manera paralela a lo que llamamos “sostenibilidad social”. Propuesta que apunta al equilibrio del núcleo familiar, de la organización barrial, de participación democrática e integración regional-mundial. Durante mucho tiempo, referirse a la importancia de fortalecer la estructura familiar, parecía un discurso reservado a las congregaciones religiosas, sin embargo se trata de un elemento base, fundamental para el equilibrio futuro de la humanidad. El mundo actual nos presenta un panorama social-familiar tan crítico, como el que observamos en el campo de la energía, el calentamiento de la tierra y el agotamiento del agua potable. Familias destrozadas en su seno –con signos trágicos de desintereses y rebeldías-  es la realidad paralela, por ello florecen como hongos comunidades caracterizadas por su espíritu autodestructivo. El florecimiento de la cultura del me ne frega niente* es una  peste tan fuerte, en nuestros países de Latinoamérica, para cuyo fortalecimiento contribuyen los altos índices de corrupción y mentira. La rebeldía interna del ciudadano se resuelve  arrojando desperdicios en las calles y arroyos, explotando de una manera irracional cuanto le rodea y violando la mayor cantidad de leyes posibles.

 Uno de los medios más efectivos para potenciar la autoestima del ser humano  es la “educación por el arte” un sistema aplicado, hace siglos en el continente por los misioneros en el tiempo de las reducciones jesuíticas en América del Sur. Las crónicas de la época nos hablan de ello con ejemplos sorprendentes y como anticipo visionario de lo que contempla hoy la moderna pedagogía.  Ejemplos concretos existen en varios países, algunos ya como parte de políticas públicas. A pocos se les ocurriría pensar que el programa de orquestas juveniles de Venezuela contribuye a reducir fuertemente el embarazo juvenil en las adolescentes. De igual manera durante los años de la campaña de la teoría desarrollista que se impulsaba décadas atrás en toda América, una solitaria voz en Costa Rica, a mediados de los 70, se planteaba “para que tractores sin violines” buscando acompañar a través de un fortalecimiento cultural la búsqueda desesperada del bienestar económico. Si llegamos a ser ricos y no tenemos cultura, no sabremos disfrutar de nuestra riqueza, si no tenemos éxito en el proyecto de riqueza, pero si tenemos cultura, sabremos vivir con dignidad nuestra pobreza.

Este proyecto de desarrollo musical, que se llevó a cabo como un programa de gobierno, con resultados extraordinarios, así como otros que surgieron posteriormente, me inspiraron para replicar aquella antigua propuesta de “la tierra sin mal”. Pero ya no solamente para buscar la formación de buenos músicos, sino que a través de la música, encontráramos el perfil del buen ciudadano, creativo, soñador, participativo, respetuoso y con vocación de servicio. 

Jorge Guzman, ahora toca mejor el violoncello y es un virtuoso admirado en su pueblo, pero también tiene conciencia sobre la calidad que debe tener la leche que distribuye, pensando en  los niños que se alimentan de ella, a la vez incentiva a estos para que no abandonen la escuela –uno de los dramas del Paraguay-, que tengan la esperanza de un futuro mejor y más digno. Al igual que sus compañeros de Mbuyapey, es hoy un activo dinamizador de su comunidad.      

 El progreso de un pueblo no se mide por los niveles del PIB, por la cantidad de camas en los hospitales ni por la cantidad de semáforos en las calles. El progreso de un pueblo se mide por el nivel de felicidad de su gente.


*en lengua guaraní:“pequeña, baja”
*en italiano: “no me importa nada”